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El Libro Perdido de Petrograd

A schoolgirl in Petrograd, autumn 1917, sees her math teacher hand a book to a stranger at the train station — a week later the teacher disappears

Creada: 30/4/2026 · 8 min de lectura

Escena 1Planteamiento

La estación Nicolás olía a carbón y a miedo. Masha lo supo en cuanto cruzó las puertas de hierro con su madre, que arrastraba una maleta hacia el andén tres. Tenía diecisiete años y los ojos de un color extraño —azul hielo, casi incoloro— que su abuela llamaba "ojos de río en enero". La trenza rubia, decolorada por veranos que ya parecían de otro siglo, le caía sobre el abrigo escolar azul marino, y en las sienes, donde el cabello crecía más fino, asomaban mechones plateados prematuros que sus compañeras envidiaban y ella escondía enrollando hilo rojo alrededor de la trenza.

Fue ese detalle —el movimiento mecánico de enrollar el hilo mientras esperaba— lo que la mantuvo quieta cuando vio al profesor Volkov.

Estaba de espaldas, junto a la columna de mármol descascarillado, y hablaba con un hombre que Masha no reconoció: abrigo marrón, sombrero bajo, la mandíbula apretada como quien lleva prisa o lleva culpa. Volkov era el único maestro del Liceo Smolny que explicaba las ecuaciones como si importaran, como si los números fueran una forma de resistencia. No tenía aspecto de conspirador. Tenía aspecto de siempre: delgado, lentes redondos, los dedos manchados de tiza.

Pero entonces sacó un libro del interior del abrigo —delgado, de cubierta oscura, sin título visible— y lo deslizó hacia el desconocido con una precisión que no era casual.

El hombre lo guardó sin mirarlo. Se alejó sin despedirse.

Volkov se quedó solo un segundo, los ojos recorriendo el andén, y sus lentes captaron la luz de un farol justo cuando encontraron los de Masha.

Ella no supo si él la había reconocido.

Una semana después, el profesor no llegó a clase. Ni ese día ni el siguiente.

Y Masha tenía que decidir si contárselo a alguien —o si el silencio era, por ahora, la única forma de protegerlo.

Ilustración de la escena 1

Tu elección

denunciar anónimamente al profesor ante las autoridades para protegerse de cualquier sospecha

Escena 2Desarrollo

La oficina de denuncias del distrito ocupaba el sótano de un edificio color mostaza en la calle Ligovsky, tres bloques al norte de la estación. Masha llegó a las cuatro de la tarde, cuando la luz de enero se retiraba temprano y los transeúntes caminaban con la cabeza baja, como si el frío fuera una excusa para no ver. Las paredes del pasillo de entrada sudaban humedad, y una bombilla parpadeaba sobre un mostrador de madera oscura detrás del cual un hombre con uniforme verde oliva rellenaba formularios sin mirar a nadie.

Masha se enrolló el hilo rojo de la trenza alrededor del índice hasta que la punta se puso blanca.

El formulario anónimo era un papel gris, casi sin renglones. Ella escribió con letra que no era la suya —más pequeña, más inclinada—: *Profesor del Liceo Smolny. Intercambio de materiales en la estación Nicolás. Testigo casual.* No puso nombre. No puso fecha exacta. Lo dobló en tres y lo introdujo en la ranura de la caja metálica que colgaba de la pared como una boca sin lengua.

Mientras volvía a la calle, el frío le golpeó la cara y pensó que había sido precisa. Quirúrgica. Que nadie podría trazar esas palabras hasta ella.

Pero al doblar la esquina vio a Lena Sorokina, su compañera de pupitre, saliendo de la misma calle con los carrillos encendidos y los ojos demasiado brillantes para el frío.

Lena la miró. Masha la miró.

Ninguna de las dos preguntó qué hacía allí.

Y en ese silencio cargado Masha comprendió que no había sido la única que vio algo en el andén tres, y que ahora debía decidir si hablarle a Lena —o fingir que el encuentro no había ocurrido.

Ilustración de la escena 2

Tu elección

abordar a Lena en privado y preguntarle directamente qué vio en la estación

Escena 3Clímax

Masha alcanzó a Lena antes de que doblara la siguiente esquina. La tomó del codo sin decir nada y la guió hacia el callejón que separaba la ferretería cerrada de un bloque de apartamentos con las ventanas tapiadas. El callejón olía a carbón mojado y a basura congelada, y la única luz venía del reflejo de la nieve acumulada contra la pared.

Lena no opuso resistencia. Eso ya era una respuesta.

—¿Qué viste? —preguntó Masha en voz baja, directa, sin preámbulo.

Lena tenía los carrillos todavía encendidos y los dedos apretados alrededor de la correa de su bolso escolar. Era una chica que siempre sonreía en los pasillos del Liceo, que copiaba los deberes de matemáticas sin vergüenza y cantaba desafinado en los actos cívicos. Ahora tenía los ojos de alguien que ha visto algo que no sabe dónde guardar.

—Lo mismo que tú —dijo al fin—. El libro. El hombre del sombrero.

—¿Lo denunciaste?

Lena parpadeó. Luego asintió, apenas.

Masha sintió que el suelo bajo la nieve era menos sólido de lo que parecía.

—¿Pusiste nombre? —preguntó—. ¿El tuyo o el de Volkov?

—Solo el de él. —Lena bajó la voz hasta hacerla casi inaudible—. Pero, Masha... yo no fui sola.

El frío se metió por el cuello del abrigo. Masha esperó.

—Mi padre me llevó. Fue idea suya. —Los ojos de Lena no pedían perdón; pedían algo más difícil—. Y esta mañana vinieron dos hombres al liceo. Preguntaron por la lista de alumnos que estaban en la estación ese día.

Masha tenía el hilo rojo enrollado tan fuerte alrededor del dedo que ya no lo sentía.

Podía huir antes de que su nombre apareciera en esa lista. O podía quedarse y averiguar quién la había puesto en ella.

Ilustración de la escena 3

Tu elección

confrontar al padre de Lena para descubrir exactamente qué información entregó a las autoridades

Escena 4Desarrollo

El padre de Lena vivía en el bloque Kuznetsov, en la calle Razezzhaya, un edificio de ladrillo rojo oscuro con el portal siempre entreabierto y el ascensor siempre roto. Masha subió los cuatro tramos a pie, con la mano rozando la barandilla de hierro oxidado, contando los escalones para no pensar en lo que iba a decir. En el rellano del cuarto piso alguien había dejado una caja de botellas vacías y una maceta muerta. El olor era a col hervida y a tabaco frío.

Llamó al timbre del 4-C.

El hombre que abrió la puerta era alto, con la mandíbula cuadrada y los ojos pequeños de quien mide cada gasto antes de hacerlo. Llevaba chaleco de lana sobre la camisa, y en la mano derecha sostenía un periódico doblado. Miró a Masha de arriba abajo —la trenza con el hilo rojo, el abrigo escolar— y su expresión no fue de sorpresa. Fue de cálculo.

—Soy compañera de Lena —dijo Masha—. Necesito saber qué les dijo usted a esos hombres esta mañana.

El padre de Lena no la invitó a pasar. Tampoco cerró la puerta.

—¿Cómo te llamas?

—Eso no importa todavía.

Algo cruzó su cara —¿admiración? ¿irritación?— y golpeó el periódico contra el marco de la puerta una sola vez, suave, como quien decide.

—Les di dos nombres —dijo—. El del profesor. Y el de una alumna con los ojos raros que estaba en el andén. —Hizo una pausa—. No sé cómo te llamas, pero ellos sí.

Las rodillas de Masha no temblaron. El hilo rojo sí.

—¿Quiénes son exactamente esos hombres? —preguntó—. ¿Y qué quieren a cambio de olvidar un nombre?

El padre de Lena la estudió un momento largo antes de responder.

Ilustración de la escena 4

Tu elección

Eligió terminar la historia

Escena 5Final

El padre de Lena la estudió un momento largo. Luego dijo:

—Son hombres que cobran deudas. Y la deuda más barata que aceptan es otra información.

Masha bajó los cuatro tramos sin correr. Corriendo se ve culpa.

Esa noche no fue a casa. Caminó hasta el canal Fontanka y se quedó en el puente, con los codos apoyados en la piedra helada y el agua negra moviéndose despacio abajo, como si tampoco ella supiera adónde ir. Los faroles del canal tenían un halo amarillo que el frío volvía borroso. Una barcaza vacía pasó sin hacer ruido. Masha se desenrolló el hilo rojo del dedo y lo miró: una línea delgada, casi sin color bajo esa luz, que había estado apretando durante días como si pudiera detener algo con ella.

Lo soltó sobre el agua.

El hilo flotó un segundo y desapareció.

Comprendió entonces lo que había hecho. No había protegido a Volkov. No se había protegido a sí misma. Había puesto su miedo en un papel gris y lo había entregado a una máquina que no distinguía entre culpables e inocentes, solo entre útiles e inútiles. Y ahora su nombre —sus ojos, su trenza, su hilo rojo— estaba en una lista que ella no podía borrar.

Pero también comprendió esto: el padre de Lena le había dicho la verdad sin que ella tuviera nada que ofrecerle. Eso significaba que su nombre ya no valía como moneda. Ya lo habían gastado.

Lo que quedaba era seguir de pie.

Metió las manos en los bolsillos del abrigo escolar y caminó hacia el norte, con los ojos azul hielo fijos en la línea donde los tejados cortaban el cielo. Las sienes plateadas sin hilo que las ocultara. El frío entrando por el cuello, y ella dejándolo entrar.

Ilustración de la escena 5

Fin de la historia

Gracias por llegar al final

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