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El Hechizo que Salva y Mata

A self-taught mage in a border village realizes the spell that saved her is slowly killing everyone around her

Creada: 30/4/2026 · 9 min de lectura

Escena 1Planteamiento

La niebla llegó antes del amanecer, pero Sael llevaba horas despierta.

Estaba sentada en el alféizar de la ventana, los pies descalzos sobre la madera fría, los dedos enredados en el cordón de cuero que llevaba al cuello, oculto siempre bajo el cuello de la camisa. Su corte de pelo, tan corto que dejaba la nuca expuesta al frío de la frontera, hacía que cada corriente de aire se sintiera como una advertencia. A la luz mortecina del candil, sus ojos —ese verde oscuro que su madre comparaba con musgo después de la lluvia— seguían las volutas de niebla que se filtraban por los bordes de los postigos.

No era niebla normal. Sael lo sabía porque era su culpa.

Tres semanas atrás había pronunciado el conjuro sin entenderlo del todo, como siempre hacía: a medias, a tientas, con los libros robados de un mercader muerto y demasiada desesperación. El ejército del Prefecto cruzaba el río. El pueblo no tenía murallas. Ella tenía dieciséis palabras en un idioma que apenas comprendía y las manos temblando sobre la página.

Funcionó. El ejército se detuvo, confundido, perdido en una bruma sobrenatural que duró lo suficiente para que todos huyeran.

Ahora Miren, el herrero, tosía sangre desde hacía cuatro días. La hija pequeña de los Cauvet había dejado de hablar. Y esta mañana, al cruzar la plaza, Sael había visto la misma niebla enroscarse alrededor de los tobillos de los vecinos como si los reconociera, como si los probara.

El conjuro no había terminado. Solo había encontrado otro combustible.

Sael apretó el cordón hasta que le marcó la palma. Podía intentar deshacer el hechizo sola, en la oscuridad, sin saber si eso los mataría más rápido. O podía ir a buscar al único hombre en cien leguas que quizás lo entendería: el exiliado que vivía al otro lado del río que ella misma había maldecido.

Ilustración de la escena 1

Tu elección

Intentar deshacer el conjuro sola usando los libros robados antes del amanecer

Escena 2Desarrollo

Sael bajó del alféizar y encendió dos velas más. No eran suficientes.

La habitación trasera del refugio —una despensa que olía a heno viejo y sal— era el único lugar donde nadie entraría antes del alba. Había clavado una manta sobre la única ventana. Las tablas del suelo crujían con cada paso, y el techo era tan bajo que tenía que inclinar la cabeza junto a la viga central. Perfecta, en su fealdad, para lo que necesitaba hacer.

Extendió los tres libros sobre el suelo de tierra. El primero era poco más que ceniza encuadernada: el mercader lo había guardado demasiado cerca del fuego durante años. El segundo, escrito en una tinta que olía a hierro, contenía el conjuro original. El tercero no tenía título, solo una espiral grabada en la cubierta que Sael evitaba tocar directamente.

Encontró la página. Las dieciséis palabras, esa hilera de sonidos que había lanzado al aire como piedras sin saber el fondo del pozo.

Leyó los márgenes esta vez. Alguien había anotado algo con letra diminuta, casi borrada: *lo que se invoca sin nombre propio busca uno*.

Sael se quedó quieta. La niebla, que debería estar afuera, apareció en el borde de la manta clavada. Un hilo blanco. Curioso. Vivo.

*Busca uno.* No un nombre cualquiera. El del convocante.

Si deshacía el conjuro ahora, pronunciando las palabras al revés como indicaba el segundo margen, la niebla tendría ese nombre. El suyo. Y no había nota sobre lo que ocurría después.

Pero Miren seguía tosiendo sangre. La niña Cauvet seguía sin hablar. El hilo de niebla avanzó dos dedos más sobre el suelo de tierra.

Sael puso el dedo sobre la primera sílaba invertida. Podía pronunciarla y arriesgarse. O podía arrancar esa página y destruirla, cortando el conjuro de raíz, sin saber qué destruiría junto a él.

Ilustración de la escena 2

Tu elección

quemar la página del conjuro y los tres libros antes de que la niebla se propague más

Escena 3Clímax

Sael arrancó la página de un tirón.

El papel resistió más de lo que debería, como si tirara de algo vivo. Cuando cedió, el hilo de niebla retrocedió un palmo y luego se detuvo, pulsando, a la espera.

Acercó la hoja a la llama de la vela. El fuego la tomó despacio, demasiado despacio, quemándose de los bordes hacia el centro con un color que no era naranja sino casi verde. El olor era a tierra mojada y a algo más antiguo. Sael no soltó el papel hasta que le quemó los dedos.

Después, los libros.

El primero —el de ceniza encuadernada— ardió con una gratitud casi obscena, rápido y limpio. El segundo, el del conjuro, escupió chispas negras que murieron antes de tocar el suelo. El tercero, el de la espiral, no quería arder. Sael lo sostuvo sobre la llama hasta que la cubierta se combó y la espiral se retorció como un insecto, y entonces sí, cedió.

La niebla aulló.

No era un sonido exactamente, sino algo que Sael sintió detrás de los dientes, en el hueso de la mandíbula. La manta sobre la ventana se sacudió. Las dos velas se apagaron de golpe.

En la oscuridad, Sael oyó sus propias manos temblar.

Cuando volvió a encender el candil, la manta había caído. La ventana estaba abierta de par en par, y la plaza al otro lado —que debería estar vacía a esa hora— no lo estaba. La niebla se había retirado del suelo, pero se había concentrado alrededor de una sola figura inmóvil frente al refugio.

Miren, el herrero. De pie en el frío, en camisa, los ojos abiertos y blancos.

Sael apretó el cordón de cuero bajo su cuello. O salía a enfrentarlo, o esperaba encerrada a ver qué hacía la cosa que lo habitaba.

Ilustración de la escena 3

Tu elección

atar a Miren con cuerda desde la ventana y arrastrarlo adentro para examinarlo

Escena 4Desarrollo

Sael agarró la cuerda que colgaba del gancho de la despensa —la usaban para colgar embutidos en invierno— y la desató con los dientes y los dedos a la vez.

Miren no se había movido. Seguía en la plaza, los pies descalzos sobre el empedrado helado, la camisa blanca pegada al torso como piel muerta. Sus ojos no parpadeaban. La niebla lo coronaba como un halo sucio.

Sael hizo un lazo amplio y lo lanzó desde la ventana. Falló. Lo recogió, lo intentó de nuevo. El segundo tiro cayó sobre los hombros del herrero y ella jaló con todo el peso de su cuerpo antes de que la cosa dentro de él pudiera reaccionar.

Miren cayó de rodillas con un golpe sordo. Luego, sin resistir del todo pero sin ayudar tampoco, fue arrastrado sobre el empedrado hasta quedar bajo la ventana. Sael lo subió por la pared con tres tirones que le desgarraron los hombros y lo dejaron caer al suelo de tierra de la despensa como un saco.

Encendió el candil y se arrodilló frente a él.

De cerca era peor. Las venas bajo su mandíbula eran oscuras, casi negras, ramificadas como raíces. Respiraba, pero cada exhalación traía consigo ese olor —tierra mojada, el mismo de la página ardiendo. Sus manos, enormes y callosas de años frente al yunque, descansaban abiertas, relajadas. Inocentes.

Sael le puso dos dedos en la muñeca. El pulso era regular, pero entre cada latido había un silencio demasiado largo, como si algo contara el tiempo.

Entonces Miren habló, con la voz de Miren pero las palabras de nadie que Sael conociera:

—*Devuélveme el nombre que quemaste.*

Sael retiró la mano. El cordón de cuero le ardía contra el pecho, aunque no había razón para ello.

Podía responderle, arriesgando que la cosa la oyera pronunciar algo que no debía. O podía silenciarlo ahora, de cualquier forma, antes de que dijera más.

Ilustración de la escena 4

Tu elección

Eligió terminar la historia

Escena 5Final

Sael no respondió.

En cambio, metió la mano bajo el cuello de la camisa y sacó el cordón de cuero. Al final del cordón colgaba algo que nunca le había mostrado a nadie: una cuenta de hueso, pequeña y amarillenta, que su madre le había atado al cuello el día que murió. No era un amuleto. No tenía poder conocido. Era solo el último objeto que las manos de su madre habían tocado.

Pero ardía. Y eso tenía que significar algo.

Sael la apretó en el puño y la presionó contra la frente de Miren.

La cosa dentro del herrero se retorció. No Miren, sino *ella*, la niebla, el conjuro sin nombre que había estado buscando uno desde el principio. Lo sintió como una corriente fría que intentaba subir por su brazo, buscar su boca, instalarse. Sael apretó los dientes y no pronunció nada. Ni su nombre. Ni una sílaba.

Porque eso era lo que el margen no había terminado de decir: *lo que se invoca sin nombre propio busca uno*. Y si nadie se lo daba, si nadie abría la boca y cedía, la cosa no podía quedarse.

No tenía forma de anclarse.

La niebla salió de Miren como sale el aire de un pulmón perforado, sin gloria, sin estruendo, solo un desvanecerse lento y muy cansado. Las venas oscuras bajo su mandíbula se fueron aclarando. Sus ojos parpadearon una vez, dos veces, y volvieron a ser los ojos del herrero: marrones, confundidos, demasiado viejos para la cara que tenían.

—¿Qué...? —empezó.

—Calla —dijo Sael, con más ternura de la que pretendía.

Afuera, la niebla se disolvía sobre la plaza. El frío seguía ahí, y el daño también, y habría semanas difíciles antes de que la niña Cauvet volviera a hablar. Pero la cosa había soltado el pueblo.

Sael se sentó en el suelo de tierra, la cuenta de hueso todavía en el puño, y por primera vez en tres semanas dejó de contar los muertos que aún no habían llegado.

Ilustración de la escena 5

Fin de la historia

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